Lengua y pertenencia: una reflexión sobre la identidad

Imagina crecer en París o Nueva York, construir tu vida en francés o inglés y décadas después descubrir que fuiste arrancado de una familia en Guatemala o Chile que nunca dejó de buscarte. Cuando finalmente logras ese reencuentro tan anhelado, estás frente a tus padres biológicos sin poder entender las palabras con las que intentan decirte cuánto te extrañaron. Este es el doloroso escenario que enfrentan miles de personas adoptadas ilegalmente desde Latinoamérica, para quienes el español —la lengua de sus orígenes— se ha convertido en un idioma extranjero. ¿Qué significa pertenecer a un lugar cuando no hablas el idioma de quienes te dieron la vida?

Las adopciones ilegales en Latinoamérica representan uno de los despojos más violentos de la identidad lingüística. Entre 2001 y 2009, España adoptó aproximadamente 36 000 niños, mientras que Guatemala vio a más de 300 000 niños dados en adopción globalmente. Estos niños crecieron con acentos franceses, ingleses o suecos, construyendo sus vidas en lenguas que nunca debieron ser las suyas. Investigadores, como Salvo y Marre, documentan en sus estudios sobre adoptados chilenos que, cuando estos adultos emprenden la búsqueda de sus orígenes, se enfrentan no solo a la ausencia de documentos o al vacío emocional de décadas perdidas, sino a una barrera invisible pero infranqueable: la lengua materna que nunca fue materna para ellos.

Este despojo lingüístico va más allá de la mera incapacidad de comunicarse. La lengua es un archivo emocional y cultural; en ella están codificados los cuentos antes de dormir, las canciones de cuna, los dichos de la abuela, el humor familiar. Para quienes fueron adoptados ilegalmente, el español que no poseen no es solo un conjunto de palabras perdidas: es todo un universo afectivo al que no tienen acceso. Están, como señalan las narrativas políticas sobre el derecho a conocer los propios orígenes, doblemente despojados: de su familia y de la lengua que les habría permitido reconectar plenamente con ella.

Sin embargo, esta ruptura lingüística no es exclusiva de las adopciones ilegales. Existe otra forma de destierro del español, quizás menos violenta en apariencia pero igualmente devastadora: la pérdida intergeneracional en comunidades migrantes. En Estados Unidos, los datos son contundentes: en la tercera generación de inmigrantes mexicanos, solo el
17 % habla español con fluidez; en la cuarta generación, apenas el 5 %. 

Aproximadamente, el 9 % de la población hispanohablante global son «hablantes de herencia» —personas que crecieron escuchando español en casa, pero lo perdieron o nunca lo desarrollaron plenamente—.

Las causas de esta pérdida son múltiples: políticas educativas que privilegian el monolingüismo, presión social para asimilarse, discriminación hacia el español, e incluso decisiones familiares bienintencionadas de no «confundir» a los niños. El resultado es el mismo: una ruptura en la transmisión cultural. Estudios como los de Mu han demostrado una correlación estadísticamente significativa entre la competencia en la lengua de herencia y la identidad étnica. Perder la lengua, como señalan diversos investigadores, puede sentirse como perder una parte de uno mismo. La retención de la lengua de herencia es crítica no solo para el desarrollo positivo de jóvenes de minorías lingüísticas, sino para la diversidad cultural de toda la sociedad.

Lo que une ambos fenómenos —el español arrebatado por las adopciones ilegales y el español desterrado por la presión asimilacionista— es la fragmentación de la pertenencia. En ambos casos, hay personas que llevan Latinoamérica en el apellido, en los rasgos, en la sangre, pero no pueden acceder plenamente a esa identidad porque les falta la herramienta fundamental para construir comunidad y memoria: la lengua compartida.

¿Qué significa «volver a casa» cuando no hablas el idioma de casa? Esta pregunta nos obliga a reconocer que el derecho a la lengua es un derecho humano fundamental. No se trata solo de comunicación, sino de identidad, de memoria colectiva, de la posibilidad misma de pertenecer. Mientras no reconozcamos esto, seguiremos produciendo generaciones que viven en un limbo lingüístico e identitario pues no son ni de aquí ni de allá, y buscan en diccionarios y aplicaciones lo que debió llegarles naturalmente en las voces de quienes los aman.