¿Cuántas veces hemos dicho «seguro fue el becario» al ver un error de redacción en un medio de comunicación? Estos errores dañan la imagen de los medios: si su función es comunicar, ¿qué se puede pensar de uno que lo hace mal? El meme de el becario lo hizo surge de la suposición de que el error lo cometió la persona con menos experiencia. Al final, la buena redacción otorga credibilidad y crea una imagen de profesionalidad y respeto entre los demás.
Sin embargo, humor a parte, el meme no debería ser un pretexto para que toda la institución se olvide del tema. Si bien la RAE define la redacción como ‘poner por escrito algo que sucedió, se acordó o se pensó con anterioridad’, para entornos profesionales es ‘el acto de comunicar ideas por escrito de forma clara, ordenada y coherente’ (algunos autores añaden otras cualidades, pero podemos quedarnos con estas tres).
La redacción es un tema inmenso y está en constante evolución. Resumir todo para una buena redacción tomaría demasiado espacio; por eso, hay libros y cursos completos sobre sus aspectos principales y temas específicos (porque la buena redacción puede variar según la profesión). Tener una buena redacción ocurrirá en la medida en que las empresas e individuos se capaciten regularmente.
Como lineamientos generales de la buena redacción podemos rescatar los siguientes: ordenar las ideas previamente, usar frases cortas, evitar estructuras rebuscadas (el ornamento no ayuda con la claridad) y siempre revisar el texto terminado. A ellas podemos agregar algunos postulados específicos de Sandro Cohen (1953-2020): evitar el sujeto tácito cuando causa confusión, no encabalgar (enlazar en una misma proposición dos o más oraciones sin relación gramatical entre sí), nunca separar el sujeto del verbo con una coma y usar el diccionario todo el tiempo (tener buena redacción no implica que uno ya lo sabe todo).
La necesidad de publicar antes que nadie, la falta de capacitación constante y algunos vicios de los medios han producido casos donde la audiencia termina rascándose la cabeza o riendo a carcajadas por la forma final de algunos textos:
En uno de los capítulos de su monografía La Moneda Española, publicada entre 2002 y 2003, el periódico El Mundo puso como encabezado «Fernando I dividió su reino y empezaron las guerras intestinales»; el medio optó por una variante culta de la frase «guerras internas» y nadie comprobó el adjetivo correcto con el diccionario. Luego, en 2013, El Diario Montañés publicó «Pablo Alborán, reina en la música española»; por separar el sujeto del verbo con una coma, el medio le dio al cantante un título nobiliario en vez de indicar su dominio en el campo.
Finalmente, el periódico Noreste reconoció un par de errores de concordancia en este pie de foto de 2019: «Familias de las comunidades La Rastra y El Azafrán, en la sierra de Rosario, abandonaron sus casas este martes como consecuencia de la inseguridad que se desbordó en el última semana, y que cobró la vida de cuatro personas; son escoltados por la PEP, DSPM y Ejército». (Si no los notaron, los errores son el última semana y familias […] son escoltados).
Pero los errores (junto con la poca claridad de ese texto) son producto de dos vicios en los que a veces caen los medios: especificar demasiado en la misma oración y favorecer frases dramáticas sobre variantes simples. Si lo ordenamos un poco, fluye mejor y es más fácil ubicar las concordancias: «Familias de La Rastra y El Azafrán, comunidades en la sierra de Rosario, son escoltadas por la PEP, DSPM y Ejército tras abandonar sus casas este martes; los habitantes se fueron luego de que la inseguridad desbordada de la última semana dejó cuatro muertos».
Los errores de redacción profesionales subrayan (para los medios y otros sectores) la importancia de practicar diario los fundamentos de una buena redacción y la necesidad de una capacitación constante. A nivel profesional, la buena redacción no es un tema individual en el que el medio felizmente puede dejar a cada empleado, empezando por el pobre becario, aprender como pueda (y si puede).

