La presión del «english-only»: cómo se excluye al español y qué perdemos con ello

Durante años prohibí el español en mis clases de inglés, convencida de que imponer una norma de english only era la única vía para que los alumnos progresaran. Establecía reglas estrictas: nada de traducciones, nada de preguntas en la lengua materna, nada que recordara a los estudiantes la existencia de un puente entre ambos idiomas. Creía que esa exclusión forzada favorecía la inmersión y, por ende, la fluidez. Sin embargo, la práctica mostró que mis estudiantes se silenciaban, evitaban arriesgarse y manifestaban ansiedad cuando no encontraban las palabras en inglés; yo interpretaba esos síntomas como faltas de compromiso con la inmersión, no como señales de un problema metodológico.

Todo cambió con un diplomado en traducción que me obligó a revisar las teorías de adquisición de lenguas. Descubrí conceptos, como la transferencia lingüística, el interlenguaje y la función cognitiva de la lengua materna, que revelaron que el español no era un obstáculo a eliminar, sino una herramienta que los estudiantes usan para organizar ideas y compensar lagunas en la L2 (segunda lengua). Prohibir el español no hacía que su influencia desapareciera: solo la volvía invisible y, por tanto, inabordable pedagógicamente. Comprendí que reconocer y trabajar esa realidad podía transformar el aprendizaje.

La investigación avala este giro. Estudios muestran que la sintaxis y otras características del español influyen en el aprendizaje del inglés de formas complejas: desde la transferencia de estructuras hasta errores por cognados falsos y traducciones literales. Ignorar la L1 (lengua materna) no reduce los errores; al contrario, los multiplica cuando los estudiantes no poseen herramientas para distinguir sistemáticamente las diferencias entre idiomas. Expertos, como Paul Seligson, sostienen que el español debe entenderse como aliado y no como enemigo, y enfoques como la gramática contrastiva y el análisis de errores confirman que la lengua materna es un recurso cognitivo valioso.

La exclusión del español trasciende las aulas y se manifiesta en empresas, universidad y en la vida cotidiana, donde el inglés se asocia con profesionalismo y estatus. Ese mensaje implícito marginaliza el español, presenta el monolingüismo como un ideal práctico y reproduce jerarquías lingüísticas ligadas al poder. Al promover la supresión del español, se impone una idea de superioridad cultural y lingüística que no responde a la realidad comunicativa global: la mayoría de usuarios del inglés son hablantes no nativos con identidades lingüísticas híbridas.

Las pérdidas por esta ideología son múltiples. Cognitivamente, se desaprovechan oportunidades para construir puentes metalingüísticos que potencian la comprensión en ambas lenguas. Identitariamente, se obliga a los estudiantes a desprenderse de su bagaje cultural y lingüístico, como si aprender otra lengua implicara renunciar a la propia. Pedagógicamente, se renuncia también al análisis contrastivo que esclarece por qué cada lengua organiza ideas de modo distinto —por ejemplo, la diferencia entre decir en español «tengo quince años» y en inglés I am fifteen years old—, lo cual puede enriquecer la enseñanza cuando se aborda deliberadamente.

Mi práctica docente actual es muy distinta: uso el español de forma estratégica para explicar estructuras complejas, fomentar la reflexión sobre diferencias gramaticales y crear un entorno donde el error sea una oportunidad. Trabajo explícitamente la transferencia lingüística, identificando cuándo el español facilita el aprendizaje y cuándo genera interferencias. Los alumnos ahora participan más, preguntan y negocian significados entre ambos códigos, con una disminución notable de la ansiedad y una mejora en el desempeño en inglés.

La verdadera exclusión del español no es solo su prohibición vocal en el aula, sino negar su influencia y su potencial pedagógico. Entender la transferencia, el interlenguaje y los procesos de adquisición permite transformar políticas de english only en estrategias bilingües conscientes. Es necesario repensar prácticas excluyentes y reconocer que dominar el inglés no exige abandonar el español, sino aprender a gestionar la convivencia y el enriquecimiento mutuo de ambas lenguas en el aprendizaje. ¿Has aplicado políticas de inmersión total en tu docencia? Comparte tu experiencia para enriquecer este debate.