Cuando decidí dedicarme a la enseñanza del inglés, jamás imaginé que esta profesión me llevaría a un redescubrimiento profundo de mi propia lengua materna. En este tiempo, he tenido la oportunidad de acompañar a personas de Colombia, Venezuela, Chile y Argentina en su proceso de aprendizaje del inglés, y he descubierto que, en realidad, yo soy quien más ha aprendido.
Esta experiencia me ha llevado a reflexionar que el español no es uno solo, sino que se enriquece con las particularidades de cada país: existe un español mexicano, colombiano, chileno, argentino y venezolano. Cada variedad dialectal no es simplemente un «acento diferente», sino todo un universo lingüístico con sus propias reglas, expresiones y cosmovisiones.
Durante mis clases, he sido testigo de momentos fascinantes. Recuerdo cuando una estudiante colombiana me explicó que, en su país, «estar prendido» significa estar borracho, mientras que mi estudiante venezolana usaba la misma expresión para decir que alguien está emocionado o entusiasmado; o cuando descubrí que lo que en México llamamos «platicar» (conversar), en Argentina se dice «charlar»; en Colombia, «parlar», y en Chile, «conversar» a secas, pero con una entonación completamente diferente.
Me maravilla la diversidad de expresiones y modismos y cómo una misma palabra puede tener significados completamente distintos según el lugar. El español chileno, con su particular uso del «po» y sus contracciones únicas, contrasta enormemente con la musicalidad del español argentino y su característico «vos». El venezolano, por su parte, aporta expresiones coloridas como «pana» (amigo) o «chévere» (genial), mientras que el colombiano nos regala la calidez de sus diminutivos y la precisión de su pronunciación.
Esta diversidad se vuelve especialmente evidente cuando mis estudiantes intentan traducir expresiones idiomáticas del español al inglés. Un argentino querrá traducir «estar en el horno» (estar en problemas); un mexicano, «estar en el mero mole» (estar en el centro del asunto), y un venezolano, «estar arrecho» («estar molesto» o, paradójicamente, «estar bien», dependiendo del contexto). Estas diferencias me han enseñado que cada variedad del español no solo refleja una forma de hablar, sino una manera particular de entender y expresar la realidad.
Como docente de inglés con formación en traducción, he comprendido que reconocer estas variedades es fundamental para una enseñanza efectiva. No puedo aplicar la misma metodología con un estudiante chileno que con uno colombiano, porque sus estructuras mentales del lenguaje, sus referentes culturales y sus formas de procesar la información son diferentes.
Esta vivencia lingüística no solo ha ampliado mi visión del idioma, sino que también ha reafirmado mi pasión por la enseñanza y el intercambio cultural. He aprendido a ser más flexible en mis explicaciones, a buscar equivalencias culturales más precisas y, sobre todo, a valorar la riqueza que cada estudiante aporta desde su variedad dialectal.
El trabajo con estas variedades del español me ha enseñado algo fundamental sobre la comunicación humana: la importancia de la escucha activa y la empatía lingüística. Cuando un estudiante venezolano me dice que algo está «arrechísimo» (fantástico), debo entender no solo el significado, sino también el contexto emocional y cultural que hay detrás de esa expresión.
Al final, aprender una lengua es mucho más que memorizar reglas o vocabulario: es abrirse a nuevas formas de ver el mundo, es tender puentes entre culturas y es crecer como personas a través del contacto con otros. Cada variedad del español que he conocido a través de mis estudiantes me ha regalado una perspectiva diferente de nuestra lengua común.
Enseñando inglés he redescubierto que el español no es un idioma uniforme, sino un mosaico de culturas, historias y formas de entender la vida. Y esa diversidad, lejos de ser un obstáculo, es nuestro mayor tesoro lingüístico porque, al final, todos hablamos español, pero cada uno lo hace desde su propia alma, desde su propia tierra, desde su propia manera de ver el mundo.

