El idioma es tan fértil que resulta imposible reducir
todos sus matices a unas cuantas categorías.
Sandro Cohen
Entre los estudiantes y maestros, uno de los mitos más comunes sobre las metáforas es que estas pertenecen al ámbito de la poesía o de la cultura escrita de prestigio. Nada más alejado de la realidad. Veamos por qué.
Primero, ¿qué son las metáforas?
La metáfora es definida en el Diccionario de la lengua española como una ‘traslación del sentido recto de una voz a otro figurado, en virtud de una comparación tácita, como en las perlas del rocío, la primavera de la vida o refrenar las pasiones’. Otra definición, de casi ocho páginas, la encontramos en el Diccionario de retórica y poética, de Helena Beristáin: ‘figura (…) que afecta al nivel léxico/semántico de la lengua (…) que se presenta como una comparación abreviada y elíptica’. Una última, tomada del Manual de retórica, de Bice Mortara Garavelli: ‘sustitución de una palabra por otra cuyo sentido literal posee cierta semejanza con el sentido literal de la palabra sustituida’.
No es casualidad que en el diccionario de Beristáin la entrada para metáfora se dé en casi ocho páginas. No hay duda de que en la literatura las metáforas son un concepto importantísimo; es una manera muy productiva de obtener un estilo con lenguaje figurado.
Sin embargo, las metáforas no pertenecen únicamente a la literatura: son de dominio universal.
Las metáforas en la vida cotidiana
¿Cuántas veces nos hemos quedado con las ganas de romper el hielo ante una situación que nos causaba nervios? ¿En qué ocasiones nos hemos sentido entre la espada y la pared a tal grado de querer tirar la toalla porque casi hemos perdido la cabeza? ¿Con qué persona fue la primera vez que sentimos mariposas en el estómago? ¿Qué suceso reciente fue la gota que derramó el vaso?
Como podemos ver, romper el hielo, estar entre la espada y la pared, tirar la toalla, perder la cabeza, sentir mariposas en el estómago, la gota que derramó el vaso, son construcciones idiomáticas que tienen como base una metáfora, si atendemos al primer significado del Diccionario, que anotamos al inicio.
Las metáforas están en la vida cotidiana, existen (y sin que nos demos cuenta), y no las vemos con nitidez porque «nuestro sistema conceptual no es algo de lo que seamos conscientes normalmente», apuntan George Lakoff y Mark Johnson en su Metaphors We Live by, una obra fundamental, amena, que recomiendo para todo aquel que desee profundizar sobre el tema de esta entrada.
Si las metáforas están en todo, entonces ¿cómo podemos encontrarlas en la redacción académica?
Las metáforas en la redacción académica
En investigaciones, a menudo leemos que los hallazgos solo representan la punta del iceberg y que se requiere más análisis para profundizar en equis tema.
Cuando planteamos la metodología para un trabajo de investigación es común que nos indiquen que necesitamos un hilo conductor que nos ayude a estructurar mejor nuestros argumentos.
Si no afianzamos correctamente los cimientos de un proyecto, podemos errar en su fundamentación.
Todos sabemos que el investigador debe tener una caja de herramientas metodológica variada para seleccionar el enfoque más adecuado para cada una de sus fuentes.
Algunos trabajos intentan ser un espejo fiel de la sociedad, que refleje los aspectos de su interés.
Esta es básica: toda investigación correctamente estructurada debe tener un marco teórico sólido.
En trabajos que evalúen políticas sociales, la liberalización del mercado puede generar crecimiento, pero esto puede ser también un arma de doble filo que conlleva el riesgo de aumentar la desigualdad social.
En las presentaciones académicas de economía podemos leer una secuencia como la siguiente: la crisis de una institución financiera clave provoca un efecto dominó que se extiende rápidamente a los mercados de valores globales.
A la hora de revisar la bibliografía establecemos un diálogo entre autores.
Y, por último, nuestras conclusiones siempre deben dar luz sobre los hallazgos.
En conclusión
La presencia constante de metáforas en el lenguaje académico subraya su valor como poderosas herramientas de didáctica y aprendizaje. Conceptos como caja de herramientas o el hilo conductor demuestran cómo estas figuras simplifican lo abstracto, y permiten fijar conocimiento complejo de manera intuitiva y rápida. Integrar intencionalmente estas analogías en tu redacción académica y discurso no solo mejorará la claridad, sino que también facilitará la memorización. Si dominas este recurso, optimizarás tu comunicación académica.

