Por el título, quizá pienses que te narraré algún partido de futbol del conocido equipo del balompié mexicano, pero nada más alejado de un tema deportivo. Hablaré acerca del momento en que el continente americano hace su aparición en el juego de los dialectos, con la llegada de los conquistadores, y que diera lugar al idioma que actualmente se habla en Hispanoamérica.
Al arribar los españoles al Nuevo Mundo —a la isla de Guanahaní, llamada San Salvador por Cristóbal Colón—, y creyendo aún que habían llegado a las Indias Orientales, se llevaron algunas sorpresas. Encontraron de todo: animales, plantas, armas, utensilios y costumbres sin nombre en castellano. Así, los descubridores bautizaron las cosas nuevas o aprendieron de los aborígenes los nombres que las designaban. Este proceso se repetiría cada vez que ocupaban nuevos territorios o conquistaban nuevos reinos al penetrar en la corte de Moctezuma, en el corazón del Anáhuac, o al conquistar el poderoso imperio inca.
Diversidad de lenguas
En playas americanas, los españoles vieron por primera vez a aquellos pueblos indígenas que, como en un paraíso, habitaban las Luyacas (hoy las Bahamas) y las Grandes y Pequeñas Antillas. Advirtieron la gran diversidad de lenguas; era común que los habitantes de una isla no se entendieran con los de otras. Esta gran diversidad de lenguas (más de 130 familias lingüísticas independientes, con cientos de idiomas y dialectos) ayudó a que el español se impusiera como lengua común de los países hispanoamericanos.
En San Salvador, en la Isla Española (hoy Haití y República Dominicana), en Juana (hoy Cuba), en San Juan Bautista (hoy Puerto Rico), oyeron los españoles las primeras palabras en lenguas de América. Y aunque los nativos de las Antillas fueron mermados, lograron sobrevivir algunas palabras de aquellos idiomas, como «maíz», «batata», «hamaca», «cacique», que fueron de las primeras en dar vida a nuestra lengua. Los conquistadores trataron de entender a los aborígenes y de hacerse entender por ellos, para lo cual tomaban indios cautivos para enseñarles español y pudieran luego ser intérpretes e intermediarios. Enviaron a algunos a España, como hizo Colón, «para que se pongan en poder de personas con quienes puedan mejor aprender la lengua». La mujer indígena fue, como intérprete, un auxiliar de gran valor; recordemos a la amante y compañera de Cortés, doña Marina, «la Malinche», y a doña María, la indígena que acompañó al padre Las Casas, que deseaba evangelizar a los pobladores de la actual región venezolana de Cumaná.
Obligados a un trato constante con los conquistadores, algunos nativos aprendieron rápidamente el español. Pero, además de la hispanización de los indígenas, se daba también la indigenización de los españoles. Hubo casos extremos, como los de Gonzalo Guerrero y el clérigo Jerónimo de Aguilar, de los que Cortés tuvo noticia en Campeche, que se habían incorporado a la vida indígena. Guerrero se había pintado el cuerpo y el rostro, se había tatuado y casado, pero, aparte de ellos, fueron muchos los españoles que aprendieron las lenguas de los indígenas, como los frailes, muchos de los cuales, en su afán de cristianizar a los indígenas, llegaron a dominar dos o más lenguas aborígenes.
Los idiomas de los paganos
Entre los misioneros hubo quien consideró imposible que tantos miles de paganos aprendieran el español, y aconsejó a Carlos V que adoptara por idiomas oficiales de las colonias las principales lenguas nativas: el náhuatl en tierras aztecas y el quechua en territorio incaico. Así, el comisario general de Guatemala, fray Juan de Mansilla, se dirigió el 8 de septiembre de 1551 al emperador en los siguientes términos: «Somos muy pocos para enseñar la lengua de Castilla a indios; ellos no quieren hablarla. Mejor sería hacer general la mexicana, que es harto general y le tienen afición; en ella hay escrita doctrina y sermones y arte y vocabulario…».
Durante el siglo XVI, estas lenguas «generales» (el náhuatl de Mesoamérica; el quechua de la zona andina; el muisca o chibcha de la meseta de Colombia; el tupí-guaraní de Argentina, Uruguay y Paraguay) fueron reemplazando a otras de menor difusión. Por ejemplo, el aimara fue perdiendo poco a poco su influencia y fue sustituido por el quechua; lo mismo ocurrió con el calchaquí, hablado antes de la conquista en la actual provincia argentina de Tucumán.

